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¿Y ahora qué hacemos, pendejo?

Por Francisco Javier Mares

“Hasta ahí rodó la Silverado al llegar a estacionarse a las puertas del hogar de su tripulante. En la calle empedrada, sin dejar de caminar pero sin apurar el paso, un cholo de corte militar en la cabeza, de mirada atenta, inmutable, moreno, de facciones angulosas, bajito, cubierto por dos secuaces, vacía sobre el vehículo su pistola calibre .9mm, empuñada de costado como en película de maras…” (‘Soldados de fortuna’ Letras al Fuego, de este columnista, Tlacuilo Ediciones 2011.)

La crónica la escribí mucho tiempo después, para la edición del volumen a cargo de Polo Navarro. Antes, en su momento, lo conté al agente del ministerio público. Ese (mal) día, acaso fui el único testigo ‘ocular.’

  • Escuché los tiros y corrí a la ventana…
  • Escuchaste como ‘cuetes’… -me interrumpe el señor fiscal.
  • No, los tiros -neceo.
  • ¿Y cómo sabías que eran disparos y no otra cosa? -hace su chamba el tipo.
  • He escrito ‘nota roja’ muchos años, distingo una cosa de otra…
  • Ah.

“Una mancha de sangre crece en el asiento -Olga…, balbucea el uniformado malherido -Aguanta, ya vienen por ti… -le miente un vecino que lo sostiene y apura al 066 en su celular. La esposa es arrancada de su quehacer por el escándalo que iniciaron los tiros y crece con los mirones. En la banqueta se topa de frente con la tragedia. Un grito rasga el cuadro. Hay un hombre que está muriendo, su mujer que quiere abrazarlo y alguien en el medio que maldice al teléfono. A la llamada de auxilio, la operadora requiere detalles estúpidos -entiende, chingao que le pegaron a uno de los tuyos…-le gritan”.

Este es el punto.

Las redes sociales son generosas en testimonios. Veo el video una y otra vez. Es la esquina de un jardín. Noche. El tableteo es incesante -‘No mames…’, recita casi alguien. ‘¿…Y ahora qué hacemos, pendejo?’-, se escucha a un hombre al punto de una carcajada más nerviosa que festiva.

De turno, esta semana Moroleón fue a la cama con los balazos como canción de cuna. No, no son ‘cuetes’ –“Tras las vallas, la muchedumbre arriesga hipótesis. Ya nada es igual. Los habituales de las zonas doradas de la ciudad, los vecinos de las colonias populares o los moradores de una ranchería, saben de la posibilidad real de encontrarse atrapados en una acción de los gatilleros a sueldo…”- Todos sabemos eso ya. La realidad sobre la espalda. Así aprendimos economía en el régimen priista, por ejemplo. En Guanajuato hace rato que las armas se apropiaron los micrófonos. Nada más ellas hablan.

En Irapuato, asesinan a diez adictos hacinados en un anexo, en una rutina de embates exasperante; en Silao, matan a cinco en un paradero de traileros; en León hacen de ‘Los Cárcamos’ un tiradero de cadáveres…

El gobierno está desaparecido.

ESO O MORIR DE VIRUS

Adelantamos en las redes lo que ocurre en el barrio de El Coecillo en la ciudad de León -ese filón de impuestos y de votos que los candidatos visitan cada tres y seis años- asolado por la pandemia del covid-19.

Lo escribimos así en tuiter:

Cosas que no te dice el gobierno: en León, El Coecillo bajo el azote del covid-19…

Suman al menos diez muertes en las calles aledañas a sus plazas San Francisco y San Juan…

Una familia de la vieja guardia panista sufrió un deceso y otro familiar está hospitalizado…

En El Coecillo hay una población vieja que no despierta el interés de las autoridades.

Mire usted, al menos ocho viejos, amigos y vecinos de toda la vida en la calle San Cayetano que hace esquina con el poniente del jardín de San Francisco, murieron en dos semanas. Su rutina última, de años, fue ir a su banca y continuar la charla inacabable que comenzó en la infancia. Los alcanzó el virus. El drama es el mismo que recorre el país: ni siquiera despedimos a ninguno… -musita un sobreviviente.

No ha mucho seguí hasta allá la agenda de un candidato a la alcaldía de León. Me provocó mucha risa escucharle hilvanar cómo resolverían los problemas de un barrio que, como el resto de su especie, no conocen siquiera. El trajinar de la avenida San Juan que enlaza las plazas, los sepulta. A ese barrio el gobierno le estorba. Así ha sido siempre. Que no se los digan a cada rato, es otra cosa. Será que eso los aburre.

En ese tramo, una familia panista -el apellido lo reservamos, por supuesto-, sufre una pérdida por el coronavirus. Cuida de un integrante contagiado más. De nada de esto alertan de manera cercana las autoridades ¿Nadie les enseñó a dirigir la comunicación? -perdón, esa, obvio, es una pregunta retórica- Siguen adelante como si no les importara.

Peor.

Leer en las redes sociales el consabido exabrupto que decreta que ‘la gente tiene la culpa’, no tiene importancia alguna. Eso cambia cuando quien habla es la autoridad. En el giro más reciente -no el último claro- del discurso oficial, ‘la gente tiene la culpa’ del aumento en el número de contagios en estas dos semanas. Es un recurso cínico.

Echan a andar las fábricas de calzado; abren los centros comerciales; los tianguis brotan como Oxxos; en León, el Cártel del SIT cuenta los billetes que dejan las orugas que circulan custodiadas por el sicariato de ‘Movilidad’ municipal; ¡los tatuadores operan!; en los mercados y las centrales de abasto preguntan: ‘¿Qué va a llevar, güerita?; los restaurantes añaden ‘Covid19’ en el menú; el comercio levanta las cortinas…, pero ‘la gente tiene la culpa.’

Mientras el gobierno del estado y el federal juegan a adivinar la luz del semáforo, los ciudadanos mueren.

“En Irapuato, la madrugada de este domingo, hombres armados intentaron ingresar a un domicilio para llevarse por la fuerza a un hombre. Dispararon contra dos autos que había en el lugar y dejaron una granada. En el sitio recogieron más de 100 casquillos percutidos de arma de fuego de diversos calibres..”, cuentan los diarios.

En el estado hay 4 mil 254 contagiados de ‘Covid19’, y 289 defunciones; León registra un mil 786 personas contagiadas, y 95 decesos reportan las autoridades sanitarias.

Así estamos. Un día sí y al siguiente, también. Cercados por el crimen organizado y una pandemia malamente atendida, los ciudadanos preguntan con risa nerviosa: ‘¿Y ahora qué hacemos, pendejo?’

LA JAULA

Leo un tuit la tarde del sábado: *Mi papá falleció hace un par de horas. Agradezco la infinidad de mensajes recibidos. Me iré unos días de aquí, estoy destrozada.” Son personas, son vidas; no son rollos frente a las grabadoras, números en un boletín, corte de listones, ‘videítos’, excusas, mentiras…

Correspondencia: tigresdepapel001@gmail.com

@TigresDePapel

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